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Diario de un francotirador

Tiene que ser muy gracioso pasar por las celdas y vernos a todos ahí sentados, con nuestros buzos naranjas, un estilo mezcla de electricistas y monjes budistas. No sé quién idearía tan poco elegantes vestimentas, pero seguro que ningún diseñador francés o italiano de prestigio. La vida aquí en el corredor de la muerte no es tan mala como dicen. Tengo paz, tiempo para descansar y puedo disfrutar de la fama que merecidamente he obtenido. En los periódicos de toda Florida ya me han bautizado como “El francotirador de Tampa”. Un apodo merecido. No en vano, mi buena puntería para acertar con los dieciséis indeseables desde la azotea del Ford Building me ha ayudado a conseguir ese sobrenombre.

Sé que solo me queda media hora escasa de vida, pero eso ahora mismo no me preocupa, ya soy famoso. Cuando compré mi 338 Lapua Magnum no imaginaba que llegaría a ser tan conocido. Fue una compra costosa, un fusil francotirador de 4.000 dólares no se compra todos los días, pero mi antiguo 22 Long Rifle había perdido ya mucha precisión. No obstante, tengo la certeza de que ha sido un dinero bien invertido. Tenía razón el vendedor cuando me aseguro que con ese fusil podría acertar blancos del tamaño de un tapón a un kilómetro de distancia, claro que seguro que no se imaginaba que le iba a dar este uso. Aun así, sigo guardando mucho cariño a mi querido 22, creo que le diré a Kathy que lo entierre junto a mí.

Las armas siempre han sido mi gran pasión. Desde pequeño ya me entretenia con la vieja Colt 1911 de mi padre, una pistola de doble acción a la que él le daba un uso deportivo. Era muy bueno en el tiro al plato. Sin embargo, yo cogía aquel arma para disparar a los árboles del bosquecillo que había junto a nuestro rancho de Point Loma. Estoy seguro de que la puntería la heredé de él. Recuerdo cuando compre mi primera pistola, una Browning High Power de 9mm de calibre, como uno de los días más felices de mi vida. Más adelante conseguí otro tipo de fusiles, como una AK-47 que había sido usada por el ejército revolucionario de Ángola y que probaba, como todas mis armas, en el bosque.

Lo único que me apena en estos momentos es que no podré  ver nunca más un partido de los Tampa Bay Lightning. Es mi equipo favorito de hockey desde que tengo uso de razón. Gran deporte el hockey. Empecé a jugar en el instituto pero una lesión de menisco me obligó a retirarme. Tal vez  si no hubiera sido por eso hoy sería una de las estrellas de los Lightining. Ahora deben estar jugando un importante partido contra los Anaheim Ducks. Deben ganar para poder jugar los playoffs, aunque creo que no me va a dar tiempo de enterarme de cómo han quedado. Además, aquí no tenemos televisiones ni radios. Daré por hecho que han ganado, así me iré más tranquilo.

En el tiempo que llevo en esto que llaman el corredor de la muerte, me ha dado tiempo de leerme más de cien libros. El que tengo sobre mi mesa ahora cuenta las peripecias de un asesino en serie, que mata a sus víctimas y luego se las come. Tiene varias neveras en casa donde guarda sus restos para que se conserven mejor. El pobre hombre está loco, me da algo de lástima. No me importa no acabar de leérmelo, ya me imagino el final. Será capturado por la policía y condenado a muerte unánimemente por un jurado popular. Como yo. También leo revistas que me da Kathy. Mis preferidas son las de ciencia aunque devoro cualquiera que me traiga, excepto esas que solo se preocupan de lo que hacen los famosos. No me gustan porque los verdaderos famosos, como yo, no aparecemos. Si tuviera tiempo enviaría una carta a una de esas malditas revistas.

Ahora que lo pienso, debería haberme alistado en el ejército. Me gusta la vida de los soldados, entretenida y emocionante, llena de aventuras. Visitas a Irak, a Afganistán, todo ello pagado por el erario público. Salir a tirotear insurgentes, matar sin tener que poner excusas Allí todo son ventajas. Hubiera tenido a mi alcance todas las armas que hubiera querido, incluso hubiera podido asistir a una de esas famosas peleas de arañas camello. Me gustan mucho esas arañas, he visto videos en internet donde matan escorpiones del doble de su tamaño. Debe ser algún experimento biogenético del gobierno, ese animal no es normal. 

Me preguntó que será ahora de mi negocio. No hay otra granja de Avestruces en todo Florida. Me gustaría que alguien continuara con ella, son ya casi diez años. Aún recuerdo cuando la heredé con veinte años. Me costó acostumbrarme, pero ahora ya no concibo un trabajo que no sea ese. No dejo ningún hijo que pueda hacerse cargo del negocio, así que supongo que Kathy la venderá, da mucho trabajo. Espero que elija bien al comprador. Tendría que haberme preocupado antes de buscar alguien que se hiciera cargo de ella, la carne que vendo es conocida en todo Estados Unidos, desde Alaska hasta California, y no quiero que pierda esa fama.

Me llaman, parece que ha llegado mi hora. Voy a despedirme de Kathy y de mi madre. Parece que esta gente tiene prisa, mi verdugo estará impaciente por ponerme ya la inyección letal y acabar  su jornada laboral. No le daré ese placer. Al fin y al cabo no debo preocuparme por él, en menos de diez minutos estaré muerto.

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